18 feb. 2011

Esas tres letras

Son las ocho y veinte de la mañana y estoy llegando a casa después de una noche de guardia. Tengo sueño, pienso en dormir cuando llegue. Meto la llave, giro despacito para no despertar a mi sobrina que está de visita. Abro la puerta y ahí está, despierta, parada en una silla de la cocina con sus piernas regordetas, su pelo enmarañado y me mira, sonríe y me dice: ¡Tía!. Ok, listo, ya está, me morí. El plan del descanso quedó en el olvido. Me siento a desayunar con ella y nos quedamos jugando con libritos y juegos de encastre. ¿Sueño? Mucho, pero quién te quita lo jugado.

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